domingo, 3 de marzo de 2013
15- La música que nunca fue
lunes, 4 de febrero de 2013
14 - Desde una playa lejana
domingo, 25 de marzo de 2012
13- Noche aciaga en Vladivostok

Ardía mientras giraba por el escenario, sus piernas fuertes y robustas estaban llenas de tensión, sus brazos delicados y suaves flotaban como tentáculos que invitaban a su presa a la vez que se escabullían con velocidad. Su rostro, tenso y triste, mezclaba su dolor con su provocación. Sus tetas tensas en el escote se ofrecían desde la distancia, como postres exquisitos, pasteles abundantes en crema que flotaban gelatinosos. Esa mujer era todo lo que un hombre de guerra como él podía esperar. Era fuerza y deseo, muerte y desesperación, emoción, sudor, tristeza, triunfo.
Por eso en su cama ganaba todas las batallas y sufría todas la derrotas, en su piel podía sentir gota a gota la savia acida de la felicidad, en sus labios el néctar de todos sus abatimientos. Su culo, fuerte e incansable, era como la yegua en la que había recorrido una y otra vez todo el imperio. Pero a la vez, ella con todos sus encantos, con esa gula desmedida por todos los placeres, lo hacía débil, vulnerable, un niño caprichoso. Ella conocía sus puntos débiles y no dudaba en utilizarlos cuando quería algo.
Por eso ahora, perdida la ciudad, perdido el mando, apuró otro trago de vodka. La traición doble, sólo le daba ganas de esperar y de morir. Pero un hombre de guerra sólo podía morir luchando. Así que se puso su abrigo, se montó en su caballo y se lanzó a la noche con su botella de vodka, a enfrentarse al enemigo, cuando lo único que quería era matarla a ella, más por deseo, rabia y dolor, que por orgullo. Se confundió en la niebla y la noche, y se gastó todas las municiones antes de llegar al campamento enemigo, en donde los centinelas avisados vagaban torpes de un lado a otro esperando la emboscada. Ya la marcha era inminente, no podía detenerse.
Escuchó una detonación, un calor fuerte en el pecho un dolor ardiente que lo invadía todo, un fluir confuso de líquidos se escurría por su cuerpo, el caballo empezó a girar confundido… volvió a sentir el cuerpo de ella danzando encima suyo, la habitación temblaba y giraban en una lucha tensa de organismos en plenitud. Se cayó la botella vacía en la nieve, el caballo empezó a dar media vuelta y en medio de las balas retomó el camino de regreso. Ahora ella se movía lentamente succionando todo lo que podía de él, su brío, su fuerza, su alma. Se mecía suave, liviana, apenas podía sentirla, sutil, fría. La carcajada retumbante de la Parca, lo sacó del ensueño, vio cómo se estiraban sus brazos, alas carrasposas de cisne negro, llevándose lo único que quedaba de ese cuerpo fofo, que se cayó de la silla y retumbó en la nieve como una fruta podrida.
domingo, 5 de febrero de 2012
12- Letras en grilletes

Le apasionaba su trabajo, le encantaba pasar páginas de libros, escribir palabras, reconstruir frases. Lo deslumbraban los libros antiguos llenos de sabiduría de épocas y lugares lejanos, repetir esas palabras era como volverlas a escribir, estar ahí. No le gustaban tanto los trabajos comerciales, órdenes de compra, listas de comida o animales, contratos o convenios. En cambio las cartas de amor o los poemas por encargo lo divertían más, aunque había pocos de estos trabajos. Lo que realmente le gustaba era escribir sus propias cosas, su imaginación plagada de experiencias de otros, le exigía hora ir a buscar sus propias aventuras, por eso tan pronto como pudo se unió a la primera caravana que iba al sur del río Níger, hacía las minas de oro. Salieron temprano, con el aire todavía fresco, el sol apenas abría su ojo amarillo. Después de tres fatigosos días de camino, pasó lo que el iluminado le advirtió, fueron atacados por unos asaltantes que se llevaron todo lo que pudieron, mataron a los que se opusieron y a los que quedaron los llevaron como esclavos.
Pensó que no resistiría el camino, los grilletes y el dolor, pero como decía su mamá, lo que no te mata te hace más fuerte. A lo lejos vio por última vez Tombuctú o pensó que eso era, observó sus muñecas y como ahora las cadenas encerraban una tradición sagrada de eruditos y escribanos que para la lengua de los bárbaros no significaba nada. En el barco, el mal olor y el movimiento, retorcieron sus tripas hasta el cansancio, ante los lamentos y cantos tristes que escuchaba sólo encontraba palabras, vio las mujeres más bellas y tristes, a niños y ancianos morir.
Unos meses después en tierra, pronto se dieron cuenta de que no servía para el trabajo duro, era débil, torpe y se la pasaba enfermo, así que para no perder la inversión lo incluyeron con las mujeres en el servicio de casa. El capataz quedó totalmente sorprendido cuando descubrió que a diferencia de él, era capaz de escribir y sobre todo cuando vio que podía hacer números y sumar, se lo llevaron al almacén. Pasó a escribir cuentas, inventarios, órdenes de compra, lo que menos le gustaba, pero era mejor que el trabajo en el campo. Además cuando se descuidaban agarraba sus papeles y se manchaba los dedos de tinta intentando sacar todo lo que había visto en esos meses, la rabia, la angustia, el dolor, la injusticia, todo era expulsado como un escupitajo, como una mancha. Escribía cada vez que podía, en los lugares más extraños, el granero, la cabelleriza, mientras cagaba al lado de un árbol. Escribía preciosos libros, fragmentos de tristes hojas escritas en Songhai.
Cuando Nguy le comunicó más en tono de amenaza que de invitación que tenía que participar en la fuga, porque era prácticamente el único hombre negro que podía andar con libertad, él lo aceptó sin dudarlo, sin pensar en las consecuencias, como había sucedido desde que se unió a la caravana, que lo había llevado hasta ese extraño y lejano lugar. Lo único que guardó en una mochila fueron sus páginas sueltas, otras en blanco, una pluma y un poco de tinta. Él y 5 más se fugaron en la noche. Fueron perseguidos durante días por perros, armas que rugían en la selva, gritos y amenazas. Cuando todo eso pasó, formaron su campamento cimarrón en la montaña, protegidos por árboles y el río. Así permanecieron un rato hasta que surgieron dos necesidades básicas: Nguy necesitaba mujeres para formar su dinastía, y él necesitaba hojas y tinta para seguir escribiendo.
Así que una noche atacaron el pueblo y sólo pudieron encontrar dos mujeres blancas, él pudo llevarse algo de papel y de tinta. Pero fue un grave error, porque ahora la gente del pueblo los vio como una amenaza real y organizaron una expedición que tenía que agarrarlos. Se adentraron más en la selva, contrario a lo que se podría esperar las mujeres no intentaron fugarse porque quedaron profundamente enamoradas de Nguy, pero se adentraron en un territorio cada vez más desconocido y tramposo, terminaron dando vueltas en círculo hasta que fueron víctimas fáciles de los perros y caballos. Nguy y los otros 3 fueron colgados y apaleados, las mujeres fueron escondidas en un convento en donde dieron a luz sin que nadie viera a sus hijos mulatos. Mientras que él fue llevado a la plaza porque consideraron que era el hechicero que había organizado todo y fue colocado en el centro de una hoguera. Algunas de sus hojas fueron llevadas para investigar sus extraños conjuros, y siguen pudriéndose escondidas en alguna abadía española. La mayoría fueron quemadas y se chamuscaron con su cuerpo, letra por letra, frase por frase, en las llamas de la ignorancia.
sábado, 26 de noviembre de 2011
11- Proyecciones colgadas
Después de andar buscando y rebuscando, organizando expediciones por la ciudad o más allá. Leyendo todo tipo de libros, revistas y páginas de internet de temas variados, revolcando y descifrando los apuntes acumulados en cuadernos de todos los tipos y tamaños; no tenía nada que decir. Absolutamente nada que contar o que escribir, se había quedado seco, en una cuneta.
Por eso ahora que había descubierto ese extraño portal, ese rombo misterioso cargado de mensajes y experiencias ajenas, su vida había recobrado de la nada una energía indiscutible. Ya no quería dormir, se quedaba hasta las 2 o 3 de la mañana, tomando café para espantar el frío y el sueño, con música a bajo volumen, como un susurro de soporte, para tratar de explicar todo eso que le venía a la mente, no como palabras del más allá, sino como imágenes nítidas, de otros lugares, otros tiempos y otra gente. Eran como películas cortas, cargadas a veces de tristeza, pero también de una substancia abismal que le hacía sentir escalofríos.
Era como si esos seres anónimos lo hubiesen buscando a él, otro ser anónimo, para que fuera testigo de las proyecciones de esas vidas que surgían y se extinguían en unos cuantos minutos. Para demostrar que en todos los espacios y épocas se lucha por sobrevivir ante condiciones adversas, se padece la injusticia y se muere con tristeza en intentos desesperados.
Tanta inquietud había vuelto a mover su máquina que ahora gritaba como un saxofón eufórico en un callejón de Kansas City, proyecciones, interminables proyecciones, le estaban devolviendo la ansiedad de escribir… por él y por todas esas voces que ahora estaban bajo tierra y que como si estuvieran colgadas en un interminable Tzompantli universal seguían observando y proyectando sus vidas.
domingo, 30 de octubre de 2011
10 – Pateando balones fuera

Nunca olvidaría ese gol que le marcó Rincón a Alemania en Italia 90, en el último minuto, entre las piernas de Bodo Illgner y que permitió a la selección Colombia, no sólo empatar con el futuro campeón, sino que además pasar por primera vez a la segunda ronda de un Mundial de Fútbol. Esa tarde, él quería ser parte de esa gesta histórica, así que se fue al parque del barrio con lo más parecido a un balón que tenía, ahí encontró con quien celebrarlo como debía, jugando al fútbol. Encontró a 4 niños que estaban en su misma situación, todos quería ser la selección Colombia, Rincón, El Pibe, Higuita, la Gambeta Estrada. Esa tarde, nació un ritual que acompañó a esos niños lo que duró la selección de ensueño del Pibe Valderrama y que terminó dos mundiales después en Francia 98.
Se fueron conociendo y asumiendo sus posiciones a medida que aprendían de fútbol. El 5-0 ante Argentina en el Estadio Monumental fue el culmen de su carrera, la celebración duró tres días y se pegaron la primera borrachera de su vida. Sin embargo, la euforia se vino abajo con el primer partido del Mundial de USA 94, en el que Colombia sufrió un 3-0 que acabó con las ilusiones de todos y la única forma de pelear la pena, fue pateando el balón todas esas vacaciones hasta las 12 de la noche. Ese mundial marcó el comienzo del fin, las fisuras del proyecto, la selección se desperdigaba. El asesinato de Andrés Escobar los dejó a todos perplejos y de luto, organizaron un torneo en el barrio en su honor, que terminó en pelea por un par de tramposos.
No dejaron de jugar al fútbol, pero las prioridades fueron cambiando, las cervezas, las novias reales o platónicas y las fiestas hasta el amanecer, hicieron su entrada triunfal. Los partidos se fueron haciendo cada vez menos regulares, terminando por ser algo exclusivo de los fines de semana y luego un encuentro mensual. Así que el 98 los agarró como a la selección, en horas bajas, era el símbolo del final de un proceso. Adiós al Pibe, Rincón o Asprilla, las lesiones de tobillo o rodilla también empezaron a hacer mella en el equipo. Las novias cada vez daban menos tiempo, acababa la etapa de colegio y empezaba la universidad. Después de que Colombia fue eliminada del mundial, jugaron su último partido oficial, para resarcirse contra un destino que consideraban injusto, esa tarde perdieron contra un equipo más joven y con mejor técnica.
Años después intentaron volver a jugar, pero el deterioro físico y la falta de juego eran demasiado latentes, llegando al punto del letargo y el aburrimiento, suspendieron el encuentro fallido. La selección marcó una época feliz, de diversión y amistad. Ahora sólo les quedaba ver desde un cómodo sillón los partidos del Barça (por afinidad de estilo de juego y filosofía de toque-toque) y añorar las tardes de patadas al balón, sudor y camaradería.
domingo, 25 de septiembre de 2011
9- Ángel Azul

La vio por primera vez una noche de juerga con la gente del estudio, en la que después de unas cuantas cervezas terminaron en el cabaret que ya se estaba haciendo famoso por su leyenda, Ángel Azul, la mujer que congela el corazón de todos los hombres de Berlín. Su belleza era impresionante, su sensualidad erizaba la piel, sus ojos azules eran devastadores, su boca era fuego que quemaba con chispas de erotismo. Verla en el escenario era reunir todo el deseo, las potencialidades, el erotismo, el deleite y la imposibilidad. Después de esa noche estuvo toda la semana pensando en ella, su imagen flotaba por toda la habitación, incluso se esforzó por recordar su olor y sus gestos. Unas cuantas noches de insomnio lo convencieron de que tenía que volver a verla. Noche tras noche, ahí estuvo en primera fila, viendo sus piernas, sus brazos, su pelo rizado de oro, su cuello y como no… su rostro maldito de Ángel Azul. El domingo no supo qué hacer cuando parado a las puertas del cabaret, supo que esa noche no iba.
Al mes descubrió que si daba algo de dinero le podían dar información de ella, luego supo que si daba algo más, tenía la posibilidad de hablar unos minutos. Así que un domingo a las 2am tuvo la oportunidad de esperarla en la puerta del Cabaret. Tener todos sus encantos de frente y poder escuchar su voz, seca y lánguida, le dio una felicidad casi infantil. Lo único cierto que dijo fue que trabajaba en los estudios de la UFA, lo demás fue inventado, pero su imaginación le permitió que la cita, impulsada por el jazz, se prolongara. Al lado de ella vio como amanecía tomando café y comiendo pan, en una de las pocas cafeterías que estaban abiertas a esa hora. No supo cómo ni porque, pero en la hilaridad de la noche inventó que estaba a punto de dirigir su primera película y que ella sería la actriz principal, le explicó algunos tecnicismos de iluminación para convencerla y la vio desaparecer en el tranvía las 10 de la mañana con la promesa de que el amanecer del siguiente domingo también sería suyo.
Debía ser mayo y todo renacía, volvieron a recorrer las calles luminosas plagadas de movimiento, entre promesas y nuevas mentiras pudo acariciar su mano e incluso cuando la cita llegaba a su fin darle un beso en la mejilla. Pasadas las semanas y entrado el verano, las cosas fueron subiendo de intensidad, hasta que una noche de champaña y vodka, le permitió tocar la piel de sus piernas, besar su espalda, acariciar su cuello, y hasta quitarle ese vestido que llevaba varias noches deseando ver desaparecer. Toda su belleza y sus formas se mezclaron en un goce que hizo que el deseo y la necesidad se volvieran más intensos. Una tarde en la que sabía que casi no había gente en el estudio la llevó para hacer unas pruebas de iluminación, la acarició con sombras y luces, como deseaba hacer desde el principio y en una de las bodegas encontraron un placer tan pleno, que le dio la posibilidad de verla más tardes y amaneceres, hasta de estar con ella todo el domingo.
Fue la época más feliz de su vida, los encantos de ella y la luz del verano hacían que todo tuviera una impresionante locomoción interior. La prueba de iluminación se repitió una o dos veces más con el suculento desenlace de la primera vez. Sin embargo, ella al ver que su protagonismo cinematográfico no pasaba de promesas y pruebas, se empezó a desesperar. Él a fuerza entendió que tenía que conseguirle una audición, así estuviera en riesgo de perderla y después de unas cuantas llamadas e insistencias, con el corazón apretado en un puño, lo consiguió. Pero fue un fracaso total, su fuerza y su sensualidad no brillaban de igual forma ante las cámaras, su gesticulación era ridícula, sus poses absurdas, su Ángel Azul no tenía el brillo para flotar en el firmamento del cine. Esa tarde algo se rompió, los caprichos de ella se hicieron cada vez más intensos, los domingos en la tarde se volvieron insoportables, conoció su lado oscuro, hasta perdió su derecho de verla entre semana. Vagando por las calles de Berlín, arrastraba su tristeza y sentía el peso fatal de sus alas azules, llenando todo de sombras macabras.
La cosa terminó de estallar cuando ella supo que era un simple luminotécnico, se acabaron los domingos en la tarde, algunas horas del sábado siguieron siendo suyas por costumbre, aunque duraron poco. El otoño en Berlín, era frío y duro, triste con los restos de su Ángel Azul. La amplia gama de posibilidades se volvió a reducir a verla en el Cabaret, sólo que ahora dolía más, porque de una realidad tangible, había pasado a ser un pedazo etéreo de pasado. Fue horrible la noche en la que supo que ella no se presentaría, corrió como loco por la ciudad hasta llegar a su casa, golpeo la puerta hasta casi romperla y gritó hasta que los vecinos lo echaron, vagó por toda la ciudad hundiéndose en la nieve y el desengaño. Cuando supo que se había ido a América, gastó sus ahorros para llegar a Hamburgo, ahí consumió lo que le quedaba de esperanza en noches de insomnio, tardes de trabajo en una fábrica y cerveza. De ahí sólo lo sacó el alistamiento forzoso en el ejército del Tercer Reich. Murió 3 años después, en el frente soviético, más de tristeza y desilusión que de cualquier otra cosa.
Ella logró triunfar en la gran pantalla al otro lado del Atlántico, sólo que en el ala más alternativa y libertina de Hollywood. Sus películas eran para un selecto grupo de voyeristas que pagaban millones por conocer sus encantos más íntimos. Murió el mismo día que él, sola en un cuarto de hotel, siempre joven, siempre bella, Ángel Azul, con una plácida inyección de morfina y una sonrisa que recordaba la felicidad de ese exquisito verano en Berlín.

