domingo, 20 de julio de 2014

20- Yukon


Por más de que el bar estaba caliente y atestado de gente, seguía cargando con ese frío interminable que tenía pegado hasta los huesos. Lo primero que hizo fue preguntar por Adele, le dijeron que estaba ocupada, tenía una necesidad obstinada de su calor. Se sentó a esperar en la barra, pidió un whisky doble a ver si de esa forma le podía meter algo de calor a su cuerpo.
Atrás jugaban al póquer, pero él se sentía lejos de todo, como si el frío hubiese congelado su alma. Aún sentía la tormenta de nieve, el viento que golpeaba el trineo, los perros aullando de frío, luchando contra el temporal y los golpes de su látigo. Nunca pensó que el frío pudiera entrar a su cuerpo e instalarse de esa forma, ni siquiera cuando salió a su primera expedición lo sentía tan adentro como hoy, sentía como si todo el Yukon estuviera en sus entrañas. Volteó a las escaleras, Adele nada que aparecía, así que pidió otro Whisky doble.
Sintió un viento interno que lo hizo tiritar. Ya nada tenía sentido, el oro, la nieve, el Whisky, el cuerpo de Adele. Todo esto era un infinito infierno gélido. Cuánto tiempo llevaba escarbando en el hielo en busca de oro y para qué, para terminar en este Saloon, esperando a Adele, tomando un whisky tras otro. Dependiendo de lo recolectado, podían ser una semana o dos en el pueblo, emborrachándose para gastarlo todo y luego volver al frío interminable a escarbar más hielo en busca de ese maldito metal amarillo. No sabía el momento en el que se había metido en ese círculo vicioso, ni cómo salir de ahí, ya no había salida. Adele no apareció, pidió otro whisky.

Porqué abandonó sus trigales cálidos, porque esa fiebre absurda y fría, por el escurridizo y pesado metal ¿Fue el aburrimiento o la codicia? Fueron los dos juntos y la necesidad de escapar de las exigencias y las palizas del viejo, del hastío del pueblo. Luego en esas tierras de nadie y de nada, siempre hacia el norte, se desquitaba de todo ese odio y toda esa amargura con los perros, castigándolos con el látigo, y el frío se desquitaba con él, golpeándolo con el viento helado. Pidió otro whisky.
Pensó en dejarlo, en irse al sur, lo más lejos posible, quizá hasta México. Pero esta ya era su vida, su forma de hacer las cosas, lo único que sabía y podía hacer, ya estaba viejo y gastado, congelado. El ansia de más y más, lo había enfrascado en este temporal desquiciante. Vivía por estos días de borrachera y de Adele, por eso volvía al trineo, a los perros, al norte; a seguir buscando y buscando la esquiva fortuna. Esa era la vida que seguía arrastrando.
Los que estaban atrás empezaron a discutir, oyó cómo empujaron una silla, unos gritos, se escuchó una detonación. Sintió un golpe punzante en la espalda. Al fin sentía calor, un calor que se expandía por todo su cuerpo. Sonrió, el dolor no era nada comparado con esa sensación cálida y agradable. Se desplomó hacia el suelo como un costal y la sangre empezó a salir a su alrededor hasta formar un charco. Atrás seguían discutiendo, todo el mundo ya estaba al cubierto de los disparos.

Horas después, cuando Adele lo vio sitió tristeza, pero sabía que esta tierra inhóspita no era para misericordias. Esculcó en donde sabía que tenía escondida la bolsa con el dinero que había cambiado, y el bolsillo secreto en donde sabía que estaba el oro. Lo conocía de tanto tiempo, tantas noches encerrados en su habitación, conocía todos los pliegues de su piel y de  su ropa, también todas sus mañas, las buenas y las malas. No pensó que fuera tanto, y lo decidió todo como si hubiera sido una revelación. Con algo de ese dinero le pagó una tumba decente y con lo que le quedó, lo que tenía ahorrado y la venta de los perros, logró conseguir lo suficiente para pagar su viaje de regreso al sur. Estaba harta de la nieve y el frío, era mejor el calor asfixiante, cargado de mosquitos y de sabor dulzón de los pantanos. El Yukon pesó en su piel durante una temporada, pero con el paso de los años y el sudor logró lavarlo. 

domingo, 18 de mayo de 2014

19- Hang Son Doong


A él lo único que le interesaba era vivir tranquilo, cultivar su arroz. Así que cuando llegaron los alzados en armas a sus tierras trayendo la guerra, le molesto; pero realmente lo desquició cuando llegaron los extranjeros, con sus bombas y sus aviones, con sus gritos y su afán por arrasarlo todo. Casi todo el pueblo se terminó uniendo a un bando u otro, ya fuera por una venganza, por un muerto o una injusticia, dependiendo de la necesidad y los intereses. Después de un bombardeo que destrozó todo, dejando en llamas y cenizas la cosecha, su esposa se unió a los guerrilleros y se llevó a sus hijos. Él no quiso, porque sabía que ninguna causa justificaba las muertes, la destrucción y el dolor, odiaba a los dos enemigos y a su guerra, y no quería participar de lo que hacía ninguno. Estuvo vagando por las montañas Phong Nha-Ke Bang, hasta que un día de lluvia en el que corría por una de las laderas, pruak la tierra se vino abajo y lo arrastró hasta el fondo de una cueva, cayó en un río del que pudo salir con mucho esfuerzo. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad.


Estuvo algunos días vagando por ese universo subterráneo, comiendo bichos que no parecían venenosos, hasta que vio un pequeño rayito de luz y tras escarbar con ansiedad con las manos hasta que le dolieron dedos y uñas encontró una salida. Sintió el olor húmedo y eso le proporcionó cierto alivio. Estuvo un rato fuera hasta que empezó a escuchar el murmullo aviones lejanos y finalmente retumbó la tierra con una detonación. Se metió de golpe como un conejo en la madriguera. Después de estar un rato ahí tirado entre las piedras nervioso e indignado, comprendió que no tenía nada de qué preocuparse, en esa cueva viviría mucho mejor, lejos de esa gente que no luchaba ni por él ni por su gente, que luchaban por su propio culo podrido y que le habían quitado su apacible vida y su felicidad.



Pronto empezó a reconocer, grutas y túneles, a identificar algunos secretos de las cuevas. Estableció caminos y salidas, encontró donde llegaba el río y hasta donde circulaba sin meterse bajo tierra. Estableció zonas y formas de ir por comida y de prender fuego. Ahí volvió a encontrar su anhelada paz, que terminó de completarse el día que descubrió una selva dentro de la cueva, eso era lo único que le faltaba, ahí podía conseguir comida más fácil sin necesidad de salir o escarbar las entrañas de la tierra. Mientras la guerra seguía fuera, y un bando y otro se mataban y mataban inocentes, mientras presumían de sus triunfos, Nam Jung vivía feliz en su cueva. 


Hasta esa mañana de julio de 1976 en la que sin saber que la paz se había firmado, demasiado confiado y movido por una felicidad que ni él entendía, su pie pisó una piedra húmeda y con lama, que lo hizo dar un extraño giro por los aires, lo sorprendió y le impidió proteger su cabeza que chocó contra una piedra, el golpe retumbó por todas las cavernas, rodó inconsciente hasta caer en el río. Su cuerpo fue arrastrado por la corriente hasta un punto de la cueva en donde permanece estancado, tranquilo, durmiendo apacible en su  lugar único y seguro, lejos de los hombres y sus guerras. 

domingo, 2 de junio de 2013

18-Porque los Dioses así lo designaron



Cuando vio el sol rojo ocultarse, sintió la sangre en su boca, sitió que el calor que antes le había dado vida al día, se marchitaba. Lo sintió por 8-Flor, sus pétalos secos, aunque cayeran las lágrimas. Sintió la muerte tan cerca que su corazón palpitó como el aletear desesperado de un colibrí.

Sabía que lo habían lanzado a perder, y que eso significaba la muerte. Sabía que era su último juego de pelota, por eso lo jugó como nunca, el esférico rebotó en sus pantorrillas, sus codos, sus antebrazos y sus caderas lleno de magia, jugó prácticamente él solo contra el equipo adversario, él solo contra el aliento de los dioses de la noche, contra un destino puesto patas arriba como una tortuga sobre su caparazón. Aunque el público estaba admirado y no paraban de aplaudirlo, aunque dio hasta su último aliento, perdieron. Clavó su rodilla en la tierra, el sudor escurriendo por todo su cuerpo… sabía lo que seguía, el sacrificio.

Sin embargo, el Señor de ese territorio, no estaba dispuesto a que un jugador de su talla se perdiera así, era la última ficha que necesitaba para su equipo y eso podía significar muchas victorias sin necesidad de guerra. Así que el sacrificado fue otro, uno cualquiera que tuvo la mala suerte de estar ese día en el lugar equivocado. Aunque de cierta manera era una deshonra no estar con los dioses como era su deber, sentía que los dioses le habían dado otra oportunidad, como si hubiese renacido, por eso dejo de ser 6-Pedernal, para pasar a ser 10-Jaguar y de ahí en adelante siempre jugó con una máscara que le cubría la cara. Se volvió el miembro del equipo que absorbió todo el poder, y le agradeció ese atributo con creces y triunfos a su nuevo Señor.



Así que cuando volvió a su tierra, cuando beso el prado verde de su cancha y vio los ojos de 8-Flor, comprendió porque los dioses le habían dado esa extraña ocasión de revivir sin haber pasado por la tierra de los muertos, porque el juego de pelota era sagrado y nadie podría dominarlo como él. Aunque llevaba su máscara, su antiguo Señor lo reconoció fácilmente y tembló cuando lo vio en el campo de juego. Recordó fácilmente sus movimientos, ágil como coyote, ligero como águila, insistente como serpiente. Entendió como si los dioses se lo hubieran dictaminado, que mandarlo a la muerte por el corazón de su hija, había sido un error muy estúpido.

Ganó en su tierra, se impuso por mucho, supo que 8-Flor lo había reconocido, sobre todo cuando marco el último punto, enterró la rodilla y alzo los brazos; su tierra, su casa, de nuevo lo recibían. Vio cómo moría su antiguo Señor, impasible, porque él era el que lo había encaminado a la casa de los muertos. Se quitó la máscara ya no era sorpresa, para ver el chorro de sangre, el dolor en los dientes, el último aliento vacío y frío, de la persona por la que había luchado antes y que lo había traicionado.



Su nuevo Señor cumplió la promesa y le entregó a 8-Flor, que lo recibió como si nunca se hubiese ido y ahora regresaba rejuvenecido. También recibió permiso para construir Dainzú, la ciudad del juego de pelota y él antes 6-Pedernal, ahora 10- Jaguar, hijo de 3-Venado, fundó el primer pueblo dedicado enteramente al juego de pelota y a la instrucción de los futuros héroes. Así agradeció a los dioses que le hubieran dado la oportunidad de volver a vivir sin ni siquiera haber muerto y llevó siempre el símbolo de 10-Juaguar tatuado en la espalda y el 8-Flor en el pecho, como símbolos de la nueva vida.



miércoles, 1 de mayo de 2013

17- Arde mayo



Se conocieron en una fiesta, en parte obligados porque no conocían a nadie más; se encontraron en un rincón del pasillo entre la cocina y la sala. No pararon de hablar en esa particular mezcla de gestos francés-español y un poco de catalán por parte de ella. Ya no recordaban si era rock and roll lo que estaba a todo volumen o Charles Aznavour, el caso es que la música hacía que hablaran muy cerca. Prácticamente a veces las mejillas, a veces las orejas pegadas a los labios que rosaban la piel con un susurro.  Ella supo que era latinoamericano pero no logró determinar de dónde, él que ella era de Perpiñán y su mamá española; ella quería conocer América Latina, él quería escribir y recorre la ciudad de sus maestros. Cuando se acabó la fiesta, él la acompañó hasta la casa y se despidieron con dos simples besos en la mejilla. Quedaron de verse unos días después para dar una vuelta por el Parque Luxemburgo, era mayo empezaba la primavera, empezaba a hacer calor.

Se vieron como habían quedado a las tres de la tarde y caminaron por el parque, apenas rosándose las manos. A partir de ese momento los eventos prácticamente los arrastraron, hablaron de las protestas y decidieron darse una vuelta por el Barrio Latino a ver de cerca las famosas barricadas y ver lo que pasaba. Mientras más se acercaban a la plaza de la Sorbona más se sentía el ambiente, el movimiento; sin darse cuenta cómo terminaron detrás de la barricada sintiéndose parte de todo, gritando consignas, fumando mariguana. Poco a poco se fueron acoplando a esa fuerza, a ese sentimiento de unidad, hasta sentirlo más allá del pecho. 



No querían abandonar los acontecimientos, ya se sentían parte de ellos, en la sangre circulaba la revolución y salía por los ojos, gestándose en ansias de amor. Ese sentimiento compartido los fue juntando, primero roces accidentales, luego caricias, luego las manos juntas mientras que gritaban muerte al capitalismo, finalmente los labios. Se quedaron toda la noche, haciendo parte de las protestas. Ya en mañana decidieron pasar por la guardilla en la que vivía él, relativamente cerca al lugar de la acción, para ducharse y comer algo; una vez pasaron de la puerta se disiparon en besos y se desvistieron con ansias, ni siquiera llegaron a la cama, se arrastraron en el suelo provocados por las delicias de ese mayo ardiente del amor. La libertad y la Revolución. A partir de esa mañana todo fue más intenso.

Entre las protestas y el sentimiento general, la fuerza del cambio, fueron derribando barreras y el amor se manifestó en los sitios más inhóspitos, los baños, los parques, una terraza. No había precauciones, sólo libertad, desinhibición y deseo. Ella era dulce y se dejaba con voluptuosidad, él estaba movido por una fuerza de olas implacables. Se salvaron por suerte de las represiones policiales y se escondieron convenientemente en su guardilla unos días, más entregados a la experimentación sexual que a la paranoia política. Pero pronto volvieron con más fuerza a las marchas, para apoyar a los sindicatos, para gestar ese cambio que ya habían experimentado y que cosas del azar, se estaba convirtiendo en un proyecto mutuo en el vientre de ella. 



En medio de las carreteras, en los parques, en las puertas de las fábricas, las universidades o los ministerios, siempre encontraban un lugar para estar más juntos y hacer el amor, para alimentar ese clamor colectivo. Sin embargo, cuando parecía que el cambio era irreversible y que las cosas seguían su curso positivo, pasó lo inesperado, él cayó en manos de la policía, fue golpeado y llevado a la cárcel. No tenía el teléfono de ella, ni forma de avisarle, entre las rejas pasó tres días horribles… hasta que supo lo inminente, su permiso de estancia que debía renovarlo en pocas semanas fue denegado y su deportación se realizaría en pocos días. Quiso ir a buscarla para decírselo, para invitarla a su país a seguir esta lucha juntos en donde fuera, pero no la encontró y ahí se dio cuenta que nunca había anotado su teléfono. Su regreso fue doblemente triste. Para ella las cosas no fueron más fáciles, en su vientre empezó a sentirse el resultado de su particular revolución sexual. 

Él quiso seguir la revolución desde su país, intentó varias veces ponerse en contacto con ella, pero nunca recibió respuesta, varias veces volvió a intentar pedir visado para ir a cualquier país de Europa, pero siempre se lo denegaron, hasta que finalmente desistió y poco a poco la realidad fue consumiéndolo hasta dejarlo convertido en un burgués más. Ella abortó después de tres meses de buscarlo desesperada por la ciudad, se sintió increíblemente abandonada, por él y por todo, y hasta llegó a darlo por muerto, prefirió regresar a Perpiñán. Trabajó como dependienta unos años hasta que reunió el dinero para volver a la universidad y poco a poco fue haciéndose un lugar en la academia, hasta lograr ser docente de planta de esa universidad en la que había conocido el sexo, el amor, la rebelión, la liberta y… la desilusión.

En mayo, 43 años después, ambos lloraron, cada uno ante su televisor, cuando vieron las imágenes del mayo de los indignados en España. Quisieron estar de nuevo ahí… pero su tiempo ya había pasado. 



jueves, 4 de abril de 2013

16- Intoxicación de entornos




Esto se había convertido en una situación absurda, no dejaban de atraparlo y acorralarlo. Ya no sabía si era de día o de noche, si estaba en un ascensor o en el pesero llenos de gente. No sólo escucha las voces, recibía de golpe las imágenes, las secuencias, como si el universo entero lo atacara, se desparramara encima de él, como una enorme repisa que no resiste tanto peso y se viene abajo.

Recibía los lugares, podía oler los aromas, sentir el polvo o el frío, dependiendo de la revelación. No siempre podía escribir o escuchar, así que este acorralamiento era cada vez más intenso. Lo ahogaba en las noches como si tuviera la garganta seca, como si los pensamientos se llevaran todo descanso, y la saliva se atorara en medio de la faringe y no pudiera grita, NO PODÍA GRITAR. En las mañanas la cosa seguía igual, la gente y los lugares, las vidas paralelas y confusas se deshacía en los cereales, se reflejaban de forma absurda a través de la ventana. Esa maraña de acontecimientos, ese enredo de sonidos, esa jauría de imágenes y voces, le estaban arrancando la vida con una necesidad,  una necedad, desesperada de ser escuchadas.

Ese remolino cálido lo absorbía y lo llenaba como una nube, lo arrastraba como zapatos viejos, narices al pavimento y luego flotando otra vez en el aire. Ya no tenía vida para narrar tantas vidas, para hacer eco de tantos destinos arrinconados en los ángulos muertos del universo. A veces tenía que quedarse ahí, colgado entre esas rallas de sombra. Algo tan ajeno como esa realidad que a veces se le caía encima en un parpadeo.   

domingo, 3 de marzo de 2013

15- La música que nunca fue




Dio muchas vueltas por el sur y por el medio oeste, para al fin llegar a Chicago. Participó en algunas improvisaciones callejeras en San Luis, y de las buenas, de las que duran hasta las 11 de la mañana en Kansas City. Cuando llegó a Chicago hacía mucho frío y nevaba. Caminó lo que pudo hasta que se metió en un café, se gastó las últimas monedas que le quedaban en un desayuno caliente que le dio la grasa y las calorías para resistir el resto del día en el que estuvo vagando por la ciudad, buscando algún contacto o alguien que le dijera dónde tocar. Caminaba lo que el frío le dejaba y se refugiaba en donde podía. En la noche el frío era insoportable, consiguió que por lavar los baños, le dejaran pasar la noche en un hotel de mala muerte, pero no pudo dormir, al frío que se negaba a irse se unieron las chinches y las pulgas.

Empeñó su saxo para poder vivir, trazó algunos contactos, trabajó en una cosa y otra, pidió algo de dinero prestado, hasta que recuperó su saxo e hizo algunas audiciones. Pero no duraba mucho en las orquestas en las que lograba conseguir un lugar, ya que se desataba en solos que consideraban fuera de sitio, sobre todo si se tenía en cuenta que ni siquiera era el solista. Así estuvo saltando de orquesta en orquesta hasta que su nombre fue tachado de todas las listas y no le quedó otra salida que vender alcohol clandestino y opio para sobrevivir en esa ciudad. Sin embargo, estaba detrás de cualquier noche de improvisación en la que pudiera medir su talento y así se ganó el respeto de la mayoría de músicos. Con el dinero que iba ganando en sus repartos clandestinos, logró armar un combo a su antojo, con el que de vez en cuando lograba tocar en un bar y con el que grabó dos canciones de un disco del que salieron pocas copias y tuvo poca aceptación en la radio. Sin embargo, poco a poco otros músicos emigraron a Nueva York y él logró empezar a forjarse un espacio en la ciudad, aunque de vez en cuando lo bajaban del escenario, fue consolidando su carrera más y más.
Parecía que había llegado el momento de su música, cuando le llegó una carta del ejército en la que se le requería para enlistarse. Tuvo que dejarlo todo y entrar en la marina, cambiar su saxo por un fusil. La vida militar, el orden y la disciplina, le supieron a mierda, pero a fuerza de gritos y castigos, aprendió a tragársela. Poco a poco fueron opacando su brillo, sus blues se fueron reservando para los lugares más amargos de su mente, hasta que quedaron totalmente perdidos para la humanidad aquella mañana en una trinchera en Italia, en la que una bala de fabricación alemana, atravesó el aire y zumbó hasta estallar en su mente. En ese entonces Charlie Parker y el Bebop, el solista contra la orquesta, se alzaban en las noches de Nueva York. 


lunes, 4 de febrero de 2013

14 - Desde una playa lejana






Después de unas cuantas promesas fallidas de mejoramiento de contrato, hizo lo que siempre había querido, renunció a la revista para dedicarse a escribir sus propias cosas. Cuando llevaba un mes de mañana enteras y a veces tardes, anotando un enervado conjunto de párrafos en la pantalla de su computador, ella lo convenció de que viajaran a conocer las playas del Pacífico.

Él aceptó con bastante paranoia, tenían que pasar por bastantes zonas de conflicto, en una época en la que no era muy seguro viajar por carretera. Pero al fin se embarcó en un bus que subió durante 17 horas por las cimas de los Andes para después bajar a las selvas del Pacífico. Llegaron a Buenaventura, su nombre le pareció una enorme ironía, ahí tomaron una lancha que los llevó a Juanchaco, pasaron por islas de acantilados y costas alejadas de todo, se bajaron en este pueblo que vivía desesperadamente de un turismo que ya no existía, todo se veía venido a menos y la gente perseguía de forma desesperada a todos los que se bajaban de las lanchas. Luego recorrieron en tractor-bus el camino que los llevó a Ladrilleros, de vez en cuando se subían niños que salían de la escuela y compartían extrañas frutas sin sabor. Siguieron andando por la playa hasta que el mar se tragó el camino y luego por la selva hacia el paraíso perdido de La Barra.

En un punto en donde había una choza, les pareció el lugar perfecto y descargaron, esperando a que llegara alguien a reclamar ese pedazo de playa. Un rato después cuando se preparaban para hacer su primera incursión en el mar apareció Doña Oralia, acordaron que le comprarían el desayuno y el almuerzo durante una semana y ella les dejó quedarse ahí. A 5 metros del mar, que rugía gris contra la arena.

Armaron la carpa y el salió corriendo a las olas a pegarse su primer chapuzón, mientras que ella tomaba unas fotos. Cuando llegó la noche, hicieron el amor entre la arena y el mar, a veces movidos por las olas que llegaban hasta donde estaban y los revolcaban. Luego se quedaron echados en la arena húmeda escuchando el ir y venir de cangrejos incesantes y viendo la explosión de estrellas del cielo. Cenaron pan con atún y tang de naranja. Él pudo hacer la fogata con mucha facilidad y ahí se quedaron escuchando la radio hasta que ella se durmió. Ese día pensaron que podían estar toda la vida así. Pero la naturaleza en esa parte del mundo no es nada indolente y no se hizo esperar para mostrar sus duendes. Unas horas después un cerdo excitado empezó a perseguir una cerda en celo que por rascarse la espalda en la palmera en la que estaba amarrada la carpa terminaba dándose contra ellos, la marrana huía el cerdo gruñía y los dos se daban contra las paredes de la carpa. Fue una noche larga y no hubo poder humano que convenciera a los cerdos de seguir su romance en otra parte.

Al día siguiente mudaron la carpa, pero la natura se desató con todo su poder, al medio día el viento se quiso llevar la carpa, en la tarde el mar quiso entrar en la carpa y ni toda la ingeniera de canales que él intentó desarrollar sirvió para disuadir los impulsos desbocados del Pacífico, al fin movieron la carpa por tercera vez. La naturaleza no parecía estar a gusto con ellos en ese lugar. Esa fue una noche de sueños profundos, después de escuchar en la radio las noticias sobre la inminente invasión a Irak y luego un reggae suave que se mezclaba bien con la olas ahora lejanas. El día siguiente sufrieron el ataque devorador de unas moscas punzantes, para las cuales el único refugio que encontraron fueron las olas embravecidas del atardecer, luego vinieron las ranas en escapada y como si tal cosa un aguacero que los empapo por completo y que los acorraló entre goteras dentro de la carpa, desnudos, llenos de tierra y arena, entre el desespero y la frustración los cuerpos mojados, terminaron por rozarse y frotarse en busca de calor hasta que un sexo ardoroso les hizo olvidarse de que el mundo, afuera se venía abajo, él la tomó con furia, ella lo recibió con complacencia y ya poco importó la gotera o lo que fuera que pasaba alrededor de ellos.

A veces el extrañaba su sofá, cómodo y amplio con vista a la séptima y ella la TV. Dejando de lado las calamidades de la naturaleza, pasaron una semana estupenda, de sol, playa, arena y cocos. Él revolcándose en las olas, ella absorbiendo con su lente todos los detalles de esa selva cambiante. Fumaron hierba tirados en la arena, escucharon las historias a veces sin pies ni cabeza de la gente de la comunidad, se acostumbraron a los cerdos y al zorro que comía piña, jugaron con los niños y escucharon un blues nocturno que entonaba una voz en el fondo de la selva. Una tarde se fueron a Ladrilleros y el mar les cerró el camino de regreso, así que se quedaron bebiendo ron y bailando salsa en la playa, pasaron la noche en un hotel del lugar, protegidos por un mosquitero que absorbía bichos de todos los tamaños, texturas, colores y formas posibles. Anduvieron por la playa y por la selva, tomando agua de coco hasta el cansancio, viendo peleas de cangrejo y sumergiéndose en las aguas grises y poderosas.


Cuando regresaron a Bogotá, él publicó un reportaje del viaje y consiguió trabajo en otra revista. Ella entró a trabajar en un canal del TV. Poco a poco sus vidas tomaron un camino diferente. Hoy, diez años después, él había vuelto a dejar su trabajo, para ahora sí dedicarse a escribir sus cosas. Y sin saber porque, salió a caminar por las playas de Nueva Escocia y viendo Icebergs pasar, se acordó de las playas del Pacífico. Ella en ese momento, al otro lado del Atlántico caminaba por los muelles de Hamburgo, como una parada melancólica antes de emprender a recibir el premio por su documental en Berlín y sin saber porque, pensó en él y en ese viaje a Juanchaco. Sintió que a partir de ese  momento, todo le había llevado a donde estaba ahora. Él volvió casi corriendo, tiritando de frío a volver a sentarse en su compu, ella volvió arrastrando su cansancio conmovido al hotel.   


domingo, 25 de marzo de 2012

13- Noche aciaga en Vladivostok



Ardía mientras giraba por el escenario, sus piernas fuertes y robustas estaban llenas de tensión, sus brazos delicados y suaves flotaban como tentáculos que invitaban a su presa a la vez que se escabullían con velocidad. Su rostro, tenso y triste, mezclaba su dolor con su provocación. Sus tetas tensas en el escote se ofrecían desde la distancia, como postres exquisitos, pasteles abundantes en crema que flotaban gelatinosos. Esa mujer era todo lo que un hombre de guerra como él podía esperar. Era fuerza y deseo, muerte y desesperación, emoción, sudor, tristeza, triunfo.

Por eso en su cama ganaba todas las batallas y sufría todas la derrotas, en su piel podía sentir gota a gota la savia acida de la felicidad, en sus labios el néctar de todos sus abatimientos. Su culo, fuerte e incansable, era como la yegua en la que había recorrido una y otra vez todo el imperio. Pero a la vez, ella con todos sus encantos, con esa gula desmedida por todos los placeres, lo hacía débil, vulnerable, un niño caprichoso. Ella conocía sus puntos débiles y no dudaba en utilizarlos cuando quería algo.

Por eso ahora, perdida la ciudad, perdido el mando, apuró otro trago de vodka. La traición doble, sólo le daba ganas de esperar y de morir. Pero un hombre de guerra sólo podía morir luchando. Así que se puso su abrigo, se montó en su caballo y se lanzó a la noche con su botella de vodka, a enfrentarse al enemigo, cuando lo único que quería era matarla a ella, más por deseo, rabia y dolor, que por orgullo. Se confundió en la niebla y la noche, y se gastó todas las municiones antes de llegar al campamento enemigo, en donde los centinelas avisados vagaban torpes de un lado a otro esperando la emboscada. Ya la marcha era inminente, no podía detenerse.

Escuchó una detonación, un calor fuerte en el pecho un dolor ardiente que lo invadía todo, un fluir confuso de líquidos se escurría por su cuerpo, el caballo empezó a girar confundido… volvió a sentir el cuerpo de ella danzando encima suyo, la habitación temblaba y giraban en una lucha tensa de organismos en plenitud. Se cayó la botella vacía en la nieve, el caballo empezó a dar media vuelta y en medio de las balas retomó el camino de regreso. Ahora ella se movía lentamente succionando todo lo que podía de él, su brío, su fuerza, su alma. Se mecía suave, liviana, apenas podía sentirla, sutil, fría. La carcajada retumbante de la Parca, lo sacó del ensueño, vio cómo se estiraban sus brazos, alas carrasposas de cisne negro, llevándose lo único que quedaba de ese cuerpo fofo, que se cayó de la silla y retumbó en la nieve como una fruta podrida.

domingo, 5 de febrero de 2012

12- Letras en grilletes



Le apasionaba su trabajo, le encantaba pasar páginas de libros, escribir palabras, reconstruir frases. Lo deslumbraban los libros antiguos llenos de sabiduría de épocas y lugares lejanos, repetir esas palabras era como volverlas a escribir, estar ahí. No le gustaban tanto los trabajos comerciales, órdenes de compra, listas de comida o animales, contratos o convenios. En cambio las cartas de amor o los poemas por encargo lo divertían más, aunque había pocos de estos trabajos. Lo que realmente le gustaba era escribir sus propias cosas, su imaginación plagada de experiencias de otros, le exigía hora ir a buscar sus propias aventuras, por eso tan pronto como pudo se unió a la primera caravana que iba al sur del río Níger, hacía las minas de oro. Salieron temprano, con el aire todavía fresco, el sol apenas abría su ojo amarillo. Después de tres fatigosos días de camino, pasó lo que el iluminado le advirtió, fueron atacados por unos asaltantes que se llevaron todo lo que pudieron, mataron a los que se opusieron y a los que quedaron los llevaron como esclavos.

Pensó que no resistiría el camino, los grilletes y el dolor, pero como decía su mamá, lo que no te mata te hace más fuerte. A lo lejos vio por última vez Tombuctú o pensó que eso era, observó sus muñecas y como ahora las cadenas encerraban una tradición sagrada de eruditos y escribanos que para la lengua de los bárbaros no significaba nada. En el barco, el mal olor y el movimiento, retorcieron sus tripas hasta el cansancio, ante los lamentos y cantos tristes que escuchaba sólo encontraba palabras, vio las mujeres más bellas y tristes, a niños y ancianos morir.

Unos meses después en tierra, pronto se dieron cuenta de que no servía para el trabajo duro, era débil, torpe y se la pasaba enfermo, así que para no perder la inversión lo incluyeron con las mujeres en el servicio de casa. El capataz quedó totalmente sorprendido cuando descubrió que a diferencia de él, era capaz de escribir y sobre todo cuando vio que podía hacer números y sumar, se lo llevaron al almacén. Pasó a escribir cuentas, inventarios, órdenes de compra, lo que menos le gustaba, pero era mejor que el trabajo en el campo. Además cuando se descuidaban agarraba sus papeles y se manchaba los dedos de tinta intentando sacar todo lo que había visto en esos meses, la rabia, la angustia, el dolor, la injusticia, todo era expulsado como un escupitajo, como una mancha. Escribía cada vez que podía, en los lugares más extraños, el granero, la cabelleriza, mientras cagaba al lado de un árbol. Escribía preciosos libros, fragmentos de tristes hojas escritas en Songhai.

Cuando Nguy le comunicó más en tono de amenaza que de invitación que tenía que participar en la fuga, porque era prácticamente el único hombre negro que podía andar con libertad, él lo aceptó sin dudarlo, sin pensar en las consecuencias, como había sucedido desde que se unió a la caravana, que lo había llevado hasta ese extraño y lejano lugar. Lo único que guardó en una mochila fueron sus páginas sueltas, otras en blanco, una pluma y un poco de tinta. Él y 5 más se fugaron en la noche. Fueron perseguidos durante días por perros, armas que rugían en la selva, gritos y amenazas. Cuando todo eso pasó, formaron su campamento cimarrón en la montaña, protegidos por árboles y el río. Así permanecieron un rato hasta que surgieron dos necesidades básicas: Nguy necesitaba mujeres para formar su dinastía, y él necesitaba hojas y tinta para seguir escribiendo.

Así que una noche atacaron el pueblo y sólo pudieron encontrar dos mujeres blancas, él pudo llevarse algo de papel y de tinta. Pero fue un grave error, porque ahora la gente del pueblo los vio como una amenaza real y organizaron una expedición que tenía que agarrarlos. Se adentraron más en la selva, contrario a lo que se podría esperar las mujeres no intentaron fugarse porque quedaron profundamente enamoradas de Nguy, pero se adentraron en un territorio cada vez más desconocido y tramposo, terminaron dando vueltas en círculo hasta que fueron víctimas fáciles de los perros y caballos. Nguy y los otros 3 fueron colgados y apaleados, las mujeres fueron escondidas en un convento en donde dieron a luz sin que nadie viera a sus hijos mulatos. Mientras que él fue llevado a la plaza porque consideraron que era el hechicero que había organizado todo y fue colocado en el centro de una hoguera. Algunas de sus hojas fueron llevadas para investigar sus extraños conjuros, y siguen pudriéndose escondidas en alguna abadía española. La mayoría fueron quemadas y se chamuscaron con su cuerpo, letra por letra, frase por frase, en las llamas de la ignorancia.




sábado, 26 de noviembre de 2011

11- Proyecciones colgadas

Después de andar buscando y rebuscando, organizando expediciones por la ciudad o más allá. Leyendo todo tipo de libros, revistas y páginas de internet de temas variados, revolcando y descifrando los apuntes acumulados en cuadernos de todos los tipos y tamaños; no tenía nada que decir. Absolutamente nada que contar o que escribir, se había quedado seco, en una cuneta.

Por eso ahora que había descubierto ese extraño portal, ese rombo misterioso cargado de mensajes y experiencias ajenas, su vida había recobrado de la nada una energía indiscutible. Ya no quería dormir, se quedaba hasta las 2 o 3 de la mañana, tomando café para espantar el frío y el sueño, con música a bajo volumen, como un susurro de soporte, para tratar de explicar todo eso que le venía a la mente, no como palabras del más allá, sino como imágenes nítidas, de otros lugares, otros tiempos y otra gente. Eran como películas cortas, cargadas a veces de tristeza, pero también de una substancia abismal que le hacía sentir escalofríos.

Era como si esos seres anónimos lo hubiesen buscando a él, otro ser anónimo, para que fuera testigo de las proyecciones de esas vidas que surgían y se extinguían en unos cuantos minutos. Para demostrar que en todos los espacios y épocas se lucha por sobrevivir ante condiciones adversas, se padece la injusticia y se muere con tristeza en intentos desesperados.

Tanta inquietud había vuelto a mover su máquina que ahora gritaba como un saxofón eufórico en un callejón de Kansas City, proyecciones, interminables proyecciones, le estaban devolviendo la ansiedad de escribir… por él y por todas esas voces que ahora estaban bajo tierra y que como si estuvieran colgadas en un interminable Tzompantli universal seguían observando y proyectando sus vidas.


domingo, 30 de octubre de 2011

10 – Pateando balones fuera



Nunca olvidaría ese gol que le marcó Rincón a Alemania en Italia 90, en el último minuto, entre las piernas de Bodo Illgner y que permitió a la selección Colombia, no sólo empatar con el futuro campeón, sino que además pasar por primera vez a la segunda ronda de un Mundial de Fútbol. Esa tarde, él quería ser parte de esa gesta histórica, así que se fue al parque del barrio con lo más parecido a un balón que tenía, ahí encontró con quien celebrarlo como debía, jugando al fútbol. Encontró a 4 niños que estaban en su misma situación, todos quería ser la selección Colombia, Rincón, El Pibe, Higuita, la Gambeta Estrada. Esa tarde, nació un ritual que acompañó a esos niños lo que duró la selección de ensueño del Pibe Valderrama y que terminó dos mundiales después en Francia 98.

Se fueron conociendo y asumiendo sus posiciones a medida que aprendían de fútbol. El 5-0 ante Argentina en el Estadio Monumental fue el culmen de su carrera, la celebración duró tres días y se pegaron la primera borrachera de su vida. Sin embargo, la euforia se vino abajo con el primer partido del Mundial de USA 94, en el que Colombia sufrió un 3-0 que acabó con las ilusiones de todos y la única forma de pelear la pena, fue pateando el balón todas esas vacaciones hasta las 12 de la noche. Ese mundial marcó el comienzo del fin, las fisuras del proyecto, la selección se desperdigaba. El asesinato de Andrés Escobar los dejó a todos perplejos y de luto, organizaron un torneo en el barrio en su honor, que terminó en pelea por un par de tramposos.

No dejaron de jugar al fútbol, pero las prioridades fueron cambiando, las cervezas, las novias reales o platónicas y las fiestas hasta el amanecer, hicieron su entrada triunfal. Los partidos se fueron haciendo cada vez menos regulares, terminando por ser algo exclusivo de los fines de semana y luego un encuentro mensual. Así que el 98 los agarró como a la selección, en horas bajas, era el símbolo del final de un proceso. Adiós al Pibe, Rincón o Asprilla, las lesiones de tobillo o rodilla también empezaron a hacer mella en el equipo. Las novias cada vez daban menos tiempo, acababa la etapa de colegio y empezaba la universidad. Después de que Colombia fue eliminada del mundial, jugaron su último partido oficial, para resarcirse contra un destino que consideraban injusto, esa tarde perdieron contra un equipo más joven y con mejor técnica.

Años después intentaron volver a jugar, pero el deterioro físico y la falta de juego eran demasiado latentes, llegando al punto del letargo y el aburrimiento, suspendieron el encuentro fallido. La selección marcó una época feliz, de diversión y amistad. Ahora sólo les quedaba ver desde un cómodo sillón los partidos del Barça (por afinidad de estilo de juego y filosofía de toque-toque) y añorar las tardes de patadas al balón, sudor y camaradería.


domingo, 25 de septiembre de 2011

9- Ángel Azul

La vio por primera vez una noche de juerga con la gente del estudio, en la que después de unas cuantas cervezas terminaron en el cabaret que ya se estaba haciendo famoso por su leyenda, Ángel Azul, la mujer que congela el corazón de todos los hombres de Berlín. Su belleza era impresionante, su sensualidad erizaba la piel, sus ojos azules eran devastadores, su boca era fuego que quemaba con chispas de erotismo. Verla en el escenario era reunir todo el deseo, las potencialidades, el erotismo, el deleite y la imposibilidad. Después de esa noche estuvo toda la semana pensando en ella, su imagen flotaba por toda la habitación, incluso se esforzó por recordar su olor y sus gestos. Unas cuantas noches de insomnio lo convencieron de que tenía que volver a verla. Noche tras noche, ahí estuvo en primera fila, viendo sus piernas, sus brazos, su pelo rizado de oro, su cuello y como no… su rostro maldito de Ángel Azul. El domingo no supo qué hacer cuando parado a las puertas del cabaret, supo que esa noche no iba.

Al mes descubrió que si daba algo de dinero le podían dar información de ella, luego supo que si daba algo más, tenía la posibilidad de hablar unos minutos. Así que un domingo a las 2am tuvo la oportunidad de esperarla en la puerta del Cabaret. Tener todos sus encantos de frente y poder escuchar su voz, seca y lánguida, le dio una felicidad casi infantil. Lo único cierto que dijo fue que trabajaba en los estudios de la UFA, lo demás fue inventado, pero su imaginación le permitió que la cita, impulsada por el jazz, se prolongara. Al lado de ella vio como amanecía tomando café y comiendo pan, en una de las pocas cafeterías que estaban abiertas a esa hora. No supo cómo ni porque, pero en la hilaridad de la noche inventó que estaba a punto de dirigir su primera película y que ella sería la actriz principal, le explicó algunos tecnicismos de iluminación para convencerla y la vio desaparecer en el tranvía las 10 de la mañana con la promesa de que el amanecer del siguiente domingo también sería suyo.

Debía ser mayo y todo renacía, volvieron a recorrer las calles luminosas plagadas de movimiento, entre promesas y nuevas mentiras pudo acariciar su mano e incluso cuando la cita llegaba a su fin darle un beso en la mejilla. Pasadas las semanas y entrado el verano, las cosas fueron subiendo de intensidad, hasta que una noche de champaña y vodka, le permitió tocar la piel de sus piernas, besar su espalda, acariciar su cuello, y hasta quitarle ese vestido que llevaba varias noches deseando ver desaparecer. Toda su belleza y sus formas se mezclaron en un goce que hizo que el deseo y la necesidad se volvieran más intensos. Una tarde en la que sabía que casi no había gente en el estudio la llevó para hacer unas pruebas de iluminación, la acarició con sombras y luces, como deseaba hacer desde el principio y en una de las bodegas encontraron un placer tan pleno, que le dio la posibilidad de verla más tardes y amaneceres, hasta de estar con ella todo el domingo.

Fue la época más feliz de su vida, los encantos de ella y la luz del verano hacían que todo tuviera una impresionante locomoción interior. La prueba de iluminación se repitió una o dos veces más con el suculento desenlace de la primera vez. Sin embargo, ella al ver que su protagonismo cinematográfico no pasaba de promesas y pruebas, se empezó a desesperar. Él a fuerza entendió que tenía que conseguirle una audición, así estuviera en riesgo de perderla y después de unas cuantas llamadas e insistencias, con el corazón apretado en un puño, lo consiguió. Pero fue un fracaso total, su fuerza y su sensualidad no brillaban de igual forma ante las cámaras, su gesticulación era ridícula, sus poses absurdas, su Ángel Azul no tenía el brillo para flotar en el firmamento del cine. Esa tarde algo se rompió, los caprichos de ella se hicieron cada vez más intensos, los domingos en la tarde se volvieron insoportables, conoció su lado oscuro, hasta perdió su derecho de verla entre semana. Vagando por las calles de Berlín, arrastraba su tristeza y sentía el peso fatal de sus alas azules, llenando todo de sombras macabras.

La cosa terminó de estallar cuando ella supo que era un simple luminotécnico, se acabaron los domingos en la tarde, algunas horas del sábado siguieron siendo suyas por costumbre, aunque duraron poco. El otoño en Berlín, era frío y duro, triste con los restos de su Ángel Azul. La amplia gama de posibilidades se volvió a reducir a verla en el Cabaret, sólo que ahora dolía más, porque de una realidad tangible, había pasado a ser un pedazo etéreo de pasado. Fue horrible la noche en la que supo que ella no se presentaría, corrió como loco por la ciudad hasta llegar a su casa, golpeo la puerta hasta casi romperla y gritó hasta que los vecinos lo echaron, vagó por toda la ciudad hundiéndose en la nieve y el desengaño. Cuando supo que se había ido a América, gastó sus ahorros para llegar a Hamburgo, ahí consumió lo que le quedaba de esperanza en noches de insomnio, tardes de trabajo en una fábrica y cerveza. De ahí sólo lo sacó el alistamiento forzoso en el ejército del Tercer Reich. Murió 3 años después, en el frente soviético, más de tristeza y desilusión que de cualquier otra cosa.

Ella logró triunfar en la gran pantalla al otro lado del Atlántico, sólo que en el ala más alternativa y libertina de Hollywood. Sus películas eran para un selecto grupo de voyeristas que pagaban millones por conocer sus encantos más íntimos. Murió el mismo día que él, sola en un cuarto de hotel, siempre joven, siempre bella, Ángel Azul, con una plácida inyección de morfina y una sonrisa que recordaba la felicidad de ese exquisito verano en Berlín.

sábado, 13 de agosto de 2011

8- Golpe perfecto de Dados




Se conocieron una noche en un bar, lleno como siempre los viernes en Barcelona. La mesa del grupo de ella se juntó a la del grupo de él y había tanta gente que terminaron por toparse, ambos se pidieron disculpas al mismo tiempo. Nadie sabe lo útiles que son los acentos cuando se está tan lejos. Él reconoció el de ella enseguida, y fue excusa suficiente para empezar una conversación que duró toda la noche. Ella poco a poco fue descifrando el de él, contaminado por otras influencias y tantos cambios. Ya cuando todos se iban, ellos seguían ahí, tenían tanto de que hablar, pero en ese momento los jalaban corrientes contrarias, se despidieron sin ni siquiera tener tiempo de intercambiar sus números de móvil.

Se sintió estúpido en el metro, dejar ir así una llamada del destino… sin embargo, en ese entonces estaba plenamente conectado con el azar y los dados giraran como giraran, siempre caían a su favor, o sabía sacarle el mayor provecho a las posibles combinaciones. Así que dos semanas después, sin acordarlo, coincidieron en el mismo bar, otra vez volvieron a hablar sin parar pero en esta ocasión ya cuando ella se iba, él sacó rápido su teléfono del bolsillo del pantalón y ella le dio su número como si fueran las llaves de su casa.

El tercer encuentro terminó al amanecer en la playa y el golpeteo de las olas ayudó a que fuera natural besarse, aunque no se dieran respiro, lo incómodo de la arena hizo que permanecieran poco tiempo ahí. Ya en el metro él la invitó a ver Montjuic desde su ventana, ella con sonrisa maliciosa se hizo rogar, pero cuando el metro llegó a su parada, movida por el frenazo y el chillido de las puertas, aceptó. Despertaron sedientos, pegados, desnudos y satisfechos. Ella tenía esa sonrisa que contagiaba todo, él solo le pudo ofrecer para beber lo que tenía a la mano, una Fanta caliente.

Poco a poco Barcelona se convirtió en algo común para los dos, un hábitat natural del que eran parte. Él le enseñó a jugar dados y ella en unos meses le fue absorbiendo su suerte, ganaba todas las partidas, pero a él ya no le importaba, tenía su juego ya ganado, el azar ya había caído en su mesa. Tumbado en la arena, feliz, sonrió viniéndola venir del mar, pequeñas gotitas brillantes escurriendo por todo su cuerpo.


domingo, 3 de julio de 2011

7- Hasta el fin del mundo



Su pie se enredó en alguna raíz y se fue de narices al suelo, sintió que la tierra negra absorbía todo su cuerpo, blanda lo recibía y él seguía hundiéndose. Intentó levantarse, pero sabía que ya era imposible, su piel amarilla se confundía con las hojas secas, acarició la tierra y aunque no se parecía en nada, se acordó de la arena blanda de su pueblo de pescadores. Sintió que se iba con las olas, escuchó los gritos de sus amigos, recordó esa tarde en la que se subió a una roca para ver como el mar se tragaba un sol rojo, y un poco hastiado de todo, agarró una piedra y la lanzó lo más lejos que pudo, mientras que juró que llegaría hasta el fin del mundo.

Cuando tuvo edad se alistó y después de una larga noche de juerga en Lisboa, partió en un enorme galeón, cómo lo hacían los Exploradores. Sin embargo, su primera misión no fue cómo esperaba, lo dejaron atascado en la costa de África trabajando como capataz negrero. Le daba asco ese trabajo, detestaba privar de libertad a esa gente aunque dijeran que eran salvajes, cuando los miraba a los ojos, sabía que tenían más alma que muchos de los que estaban ahí. Una noche de ardor con una prieta fogosa a la que dejó ir, le costó un castigo, lo destituyeron pero lo regresaron al mar. Fue un viaje insoportable en un barco de esclavos, vio como los enfermos, hombres, mujeres y niños eran tirados por la borda para ser banquete de tiburones, mientras los marineros reían sin parar. Su amargura se hizo más intensa al final del viaje cuando escuchó a un hombre cantar una melodía tan profunda y triste que removía todas las entrañas. Sintió una profunda saudade, pero no de Portugal, sino del mundo entero, una tristeza por lo que era y en lo que se había convertido. Ese sonido azul, nunca se alejó de él y aumentó su añoranza por llegar al fin del mundo.

Cayó enfermo y fue regresado a Lisboa, cuando se recuperó se embarcó en una nueva expedición, sabía que ya no podía vivir lejos del mar. Esta era más larga, pero ya no tenía nada que ver con esclavos, esta era a la verdadera India. En Bom Bahía escuchó que más allá de las selvas había un lugar que era el techo del mundo y que ahí los hombres sabían volar. Decidió que quería llegar ahí, nunca lo había movido la codicia de acumular oro o riquezas, sino esa extraña ansia de llegar al final de la tierra.

Ganó algo de dinero jugando, otro lo robó a la tesorería de la expedición, contrató a unos guías y se escapó en la noche, internándose en la selva en busca de esas montañas desde donde podría el mundo entero. Primero fue la malaria y ese sudor húmedo, luego esos demonios azules que aparecían y estremecían sus entrañas, seguía recordando la canción como una maldición liberadora. Luego a la salida de una ciudad los asaltaron y se llevaron casi todo, una noche cuando los guías supieron que ya no tenía con que pagarles, se fueron con los elefantes y los víveres que quedaban. Se despertó en medio de la selva, solo, sin saber dónde estaba o cómo llegar a algún lugar, dio vueltas y tumbos por esa inmensidad verde, hasta que vio al fondo unas montañas azules enormes, decidido empezar a caminar hacia ellas. Tres días después descubrió que estaba dando vueltas en círculos por la selva, ya sin comida, sin agua y con una fiebre que hacía más insoportable ese calor húmedo. Entonces se tropezó.

Tirado en la tierra, sabiendo que era imposible levantarse, estiró su brazo hasta que los dedos pudieron tocar unas hojas suaves que brotaban de la tierra, con su nariz hundía en el barro negro y babeando lo que le quedaba de vida, entendió que lo había conseguido, que estaba en el fin del mundo y se entregaba, se iba, empezaba a ser nada y parte de todo, Joao Peixoto, ahora tierra.

domingo, 29 de mayo de 2011

6 – La tercera es la vencida



Cuando estalló la primera revolución era casi un niño, las ideas lo convencieron y sin pensarlo dos veces, agarró su caballo, la escopeta que tenía y se unió a las tropas del coronel. Estuvieron varios meses dando vueltas de un lugar a otro, subiendo y bajando montañas, evitando encontrarse con las tropas del mal gobierno. Pasó pésimas noches en el campamento y comió peor. Finalmente una tarde fueron emboscados por las tropas del poder, sin preparación alguna estuvieron disparando a la nada, intentaron resistir entre charcos de sangre y gritos de dolor, hasta que vio con sus propios ojos como el coronel huía, cobarde, gritando de temor. Los que quedaban corrieron desparramados por el campo y fueron presa fácil. Él recibió un tiro en una pierna y estuvo pudriéndose en la cárcel durante casi un año. Cuando volvió a su pueblo, arrastrando su pierna renqueante, supo que el “valiente” coronel había capitulado, obteniendo bastante beneficios a su favor. Encontró que sus tierras habían sido quemadas y arrasadas, y habían asesinado a su papá. Él se encargó de sacar adelante la familia y de volver a hacer productivas las tierras que el mal gobierno había destruido.

Cuando vino la segunda revolución, seguía compartiendo las esperanzas y los ideales de los rebeldes, pero no podía participar tan activamente porque tenía que cuidar de su familia, además su pierna mala hubiera sido un estorbo. Pero apoyó a los alzados en armas con aportes económicos, municiones, comida y hospedaje. Una noche llegó el coronel, lo vio hartarse en sus palabras de gloria, hundirse hasta el fondo en sus botellas de aguardiente y recibir en su carpa gustoso, a las jóvenes del pueblo. Por la noche se revolvía en la cama con la imagen del coronel huyendo entre gritos afeminados por el campo de batalla, se despertó sudando y todavía con la ira escurriendo por su frente. Supo que el coronel era un ave de mal agüero y lo comprobó 3 noches después, cuando las tropas del gobierno asaltaron su casa por sorpresa, no tuvo tiempo de llegar a su rifle, recibió palos y sangrando desde el suelo escuchó con impotencia cómo el ejército violaba a sus hijas y a su esposa. Apaleado y con el orgullo destrozado vio sus tierras y su casa arder en llamas hasta quedar en cenizas.

Años después, cuando se enteró que había estallado la tercera revolución, harto y sabiendo que traía más problemas que soluciones, se dedicó a combatirla de forma decidida. Aunque no estaba de acuerdo con nada de lo que hacía el gobierno, sabía quién y qué estaba detrás de los ideales de los alzados en armas y le daban asco. Esta vez pensó primero en lo que sería más seguro para su familia y el patrimonio que le quedaba después de tantos años de destrucción. Fue el más reaccionario de los reaccionarios y sin embargo, esta vez sí, ganaron los alzados en armas. Lo condenaron por traición y fue llevado para ser colgado en la plaza del pueblo, como todos los cobardes que apoyaban al mal gobierno. Pensó que la revolución eran solo palabras huecas y la guerra del bando que fuera, la desgracia. Vio pasar a las tropas del coronel y escuchar los gritos del pueblo que les recibían con emoción. En el centro de la plaza, con la soga al cuello, pensó que esto era por lo que había peleado desde la primera revolución, por la muerte. Pensó que podía gritar al fin: Libertad, pero no era lo que sentía. Sentía todo lo contrario, opresión en estómago, en el alma y finalmente en el cuello.



domingo, 1 de mayo de 2011

5- Los NadaDores


Tragó saliva, se sentía en 1968 cómo siempre había querido. Todo era limpio y de cierta manera libre. Eran una especie de comunidad hippie nómada: Blacky, Martina, Ruby, Conde y él. Recorrer Bogotá desde el centro hasta el parque nacional, por las calles grises y húmedas, con ese sabor a tierra y lluvia que se respiraba a cada paso. O cómo en esa noche fría en la que anduvieron por la carrilera del tren desde la 170 hasta 116, expulsando humo y tomando cerveza, hablando tonterías y sintiendo que todo era efímero y merecía irse. El mundo estaba impregnado de esa extraña libertad impulsada por el humo verde, flotar por esos sofás de tiramisú, como había dicho una vez Blacky movido por la monchis, mientras miraban desde los grandes ventanales el cielo caído de brasas palpitantes que desde esa perspectiva era la noche bogotana.

Él y Blacky estaban haciendo su tesis universitaria, Conde algún estudio de comportamiento social (varias veces intentó explicarlo con sus movimientos nerviosos, pero nadie le podía atención, demasiado complicado), Martina estaba estudiando literatura y siempre llevaba algún clásico bajo el brazo o les hablaba de las proezas del gran Ulises, Ruby imbuida en su danza y en sus proyectos de cine arte. Tenían tiempo para visualizar el mundo desde diferentes perspectivas, en conjunto o cada cual desde su rincón. Reunidos proyectaban posibilidades divertidas, juegos infantiles en los cuales cada uno participaba aportando un cubo de imaginación. La base de operaciones era el apartamento de Blacky, cuando estaban las chicas preparaban banquetes extraordinarios, cuando no, la dietas se reducía a pizza de la 13 con cerveza y brownies.

Les gustaba ir a una piscina barata que estaba por el Tequendama y pasar ahí bajo el agua largas horas, con personajes extraordinarios y terribles, como el hombre manatí que flotaba en su panza redonda y estiraba su zarpa en busca de los pies de nadadores distraídos; también estaba la contorsionista del sauna, mientras los demás respiraban con dificultad el aire lleno de vapor, ella saltaba y daba votes en el suelo húmedo y caliente. Luego de estar todo un viernes bajo el agua se iban a tragar pollo, sólo quedaban las manos llenas de grasa y los huesos limpios, Martina vegetariana, los miraba con una expresión de miedo y asco desde su plato de ensalada o su yogurt.
De fondo siempre sonaba Manu Chau, Martina estaba con Blacky y Ruby entre Conde y él, sin problemas. Fue una época feliz, inhibida, desinteresada, fugaz y hasta inocente. Fueron sus sesentas, cargados de hedonismo y nihilismo. Pero todo ciclo da su vuelta y se desploma hacia su punto final. En esa época de movimientos migratorios, Blacky sacó una beca para Alemania, Martina se fue de intercambio a Canadá, Ruby entró en una compañía que se la llevó a Francia, Conde se enrolló con una oficinista y se fue a vivir con ella, y él consiguió su primer trabajo como periodista.

Algunos años después, salió de nadar e iba caminando por la Séptima con el Parque Nacional, miró hacia arriba y vio la base de operaciones, sintió un impulso extraño, como si fuera cualquiera de esos días, cruzó la calle y se dirigió al edificio, vio la terraza, le pareció que Blacky estaba ahí asomado, le pareció ver a otras personas que hablaban y fumaban, quizá flotando entre risas. Quiso subir hasta el séptimo piso y estar otra vez ahí, pero cuando ya estaba en la portería comprendió que era el reflejo de otro tiempo y siguió su camino a casa, bajo una lluvia fría.

sábado, 26 de marzo de 2011

4-Ese enorme ojo

Tumbado en el sofá escuchando música, mirando al techo, empezó a observar cómo las sombras de los rayos del sol y sus reflejos en las persianas empezaban a crear formas. Lo primero que se formó fue una cuadrícula, se cruzaban las líneas verticales y paralelas hasta crear una espesa red que se fue limpiando y estirando hasta convertirse en un rombo. La figura geométrica empezó a expandirse, en su centro apareció un círculo que comenzó a girar a toda velocidad, hasta formar un espiral. Se sobresalto, era algo así como un ojo enorme y su pupila giraba con una intensidad demencial. Era un ojo gigante que lo miraba o más bien lo invitaba a ver. Una vagina descomunal que quería absorberlo hacia el infinito, confiado se dejó ir. Primero sintió un vacío y luego una extraña certeza, cerró los párpados y tuvo la sensación de que empezaba a flotar y a dar vueltas.

Se asomó a la ventana, eran los techos grises de Bogotá, con ese sabor rancio de tiempo estancado, iluminado con una luz amarilla débil, Led Zeppelin sonaba al fondo con toda su agresividad amarga /DISOLUCIÓN/ Ahora estaba en Madrid, empezaba a amanecer, acaba de llegar del trabajo, mientras tomaba su café y escuchaba kissfm, sentía la brisa fresca que entraba de la glorieta de Santa María de la Cabeza, ella debía estar lejos, quizá no volvería/DISOLUCIÓN/ vio a Barcelona estirándose ancha, hasta alcanzar el mar, el Tibidabo, la cuadrícula perfecta del Eixample, Paralel, la Gran Vía, el guitarrista tocaba Bosanova, ella sonriendo hablaba de pies descalzos y del mar, la tarde se ennegrecía lentamente en Montjuic /DISOLUCIÓN/ el sabor dulzón de la noche bumanguesa, las luces navideñas flotando en los distintos edificios, el estallar constate de luces y el olor a pólvora quemada, como si fuera la revolución aplazada del color, como si quisieran matar el año con algo de alegría.

Abrió los ojos, la enorme pupila seguía ahí. La vagina gigante volvió a absorberlo. Pequeños fragmentos de gente dispersa, de tierras extrañas y olores intensos, sentimientos ácidos, aparecían y desaparecían de forma incesante mezclados sin orden. Se levantó rápido y miró alrededor, no había fumado nada, ni tragado ningún tipo de alucinógeno, salió corriendo a la cocina, el gas estaba cerrado. Se sirvió agua en un vaso y tomó casi atragantándose. Regresó caminando lentamente y se volvió a tirar en el sofá. Se estaba haciendo de noche, el ojo empezaba a desvanecerse.

¿Era un agujero en el tiempo, como el Aleph de Borges, pero sin todo su rollo metafísico? Las luces empezaron a aparecer, pequeños puntos de colores en la mancha interminable de Ciudad de México. Se volteó y quedó mirando el espaldar del sofá, sentía cansancio, se durmió. Cuando despertó era completamente de noche y hacía frío, miró por la ventana y no supo si estaba en Bogotá, Madrid, Barcelona o el D.F o en qué lugar del ancho mundo.



domingo, 27 de febrero de 2011

3-No todos los caminos llevan a Roma


Después de beber hasta perder la conciencia, estar 3 días metido en un burdel y ver al primer muerto de la peste negra, sintió culpa y en medio de la resaca decidió que debía peregrinar hasta Roma para redimirse. En un punto del camino pensó que faltaba mucho por recorrer y no le iba a alcanzar el tiempo, así que desvió su camino hacia Santiago de Compostela. No supo que en qué momento siguió hacia el sur y terminó en la casa de contratación de Sevilla firmando el acta que lo embarcaría hacia las Indias. Tampoco fue consciente del momento en el que zarpó el barco, ni recordó el nombre del puerto; eso sí, nunca olvidaría las veces que vomitó ante un mar que a veces parecía azul y otras negro, pensó que así había purgado todos sus pecados. Con la barba negra, larga y llena de pulgas, vio desde la borda lo que parecía el paraíso o lo que muchos decían que quedaba de este.

Comió de cuanta fruta fresca se le ofreció en el camino, se volvió loco ante todas las tetas sin cobertura que vio y probó, más de una vez utilizó su fuerza guerrera para satisfacer su hambre y su instinto. Sudó esta vida y la otra, y hastiado mató a cuanto bicho exótico y no cristiano, se le atravesó en el camino. Una tarde en la inmensidad de una enorme montaña verde, rodeada de una barrera azul de cimas interminables, se sintió rey del mundo. Ahí empezó su descenso personal hacia los infiernos.

Pescó la malaria y una cagadera que lo dejó seco, dio vueltas circulares por una maraña de selvas infinitas, cayó de rodillas en una tierra llena de hormigas que picaron su piel hasta hacerlo desesperar, el insistente zumbido de los mosquitos no lo volvió a dejar dormir. Dio vueltas como borracho por un universo verde cada vez más hostil, quiso que en ese momento enemigos invisibles lo mataran, pero no había nada. Dio de traspiés entre hojas húmedas hasta caer de narices en una tierra negra que lo empezó a absorber lentamente.

Fue ahí cuando comprendió que no debió desviar su camino, tenía que haber seguido hacia Roma. Entendió que el paraíso no era para él y que arrastraba el infierno a cada paso. Muchos años después encontraron sus huesos aún envueltos en la armadura, algunas hormigas se llevaban lo poco que quedaba. A un lado, en un árbol todavía se podía ver la inscripción Roma →.

domingo, 30 de enero de 2011

2 - Destino truncado


Llegó a las 12 de la noche como estaba acordado pero no había nadie, esperó un rato de pie y luego aburrido se acurrucó y se recostó en el único árbol… a las 8 de la mañana lo despertaron unas patadas, supuso que era el diablo por el olor a azufre mezclado con aguardiente. Lucifer se tambaleó, tenía cara resacosa y de asco, inventó una excusa cualquiera para su noche de juerga y lo invitó a tomar su guitarra y sentarse a un lado de la carretera.

El diablo no tenía muchas ganas de seguir con el trato, pero un alma era un alma, así que quiso salir del embrollo lo más pronto posible, le enseñó una serie de trucos y efectos que debido a la pésima calidad técnica de su aprendiz y a las circunstancias, sonaban fatal. La sed, el desgano, el calor de la mañana y el polvo de la carretera no ayudaban a mejorar las cosas. Ya desesperado y viendo que no había mucho progreso, el diablo sacó el contrato de su bolsillo pero se sintió un poco mal, así que lo rompió en las narices de su aprendiz fracasado. La verdad es que estaba hastiado por la hora, la fiesta, y el trasnocho de los días anteriores, y la cara de idiota de ese pobre desgraciado le dio tanta lástima. No viendo otra solución se puso su sombrero negro y refunfuñando se esfumó a dormir en el submundo.

Él por un momento no supo qué hacer, intentó practicar sin mucho éxito lo poco aprendido, un rato después ya con el sol del medio día a las espaldas, se colgó la guitarra al hombro y siguió el camino del sur. Fracasó en su intento de ser el mejor guitarrista del mundo, de nada sirvió intentar seguir los pasos de Robert Johnson (http://bit.ly/fLGo1E).
Resignado siguió con su vida mediocre, trató de huir siempre, de no tener un lugar fijo en el mundo y se dedicó a la venta ambulante. Con sus gritos desafinados iba de pueblo en pueblo ofreciendo lo que se pusiera al frente, cepillos de dientes, enciclopedias, máquinas para todo tipo de problemas, líquidos para eliminar todas las manchas y su especialidad, los zapatos. Era el mejor vendedor puerta a puerta del mundo pero el dinero no le importaba, así que se dedicó a despilfarrarlo, bebía hasta terminar rodando por los suelos, mantenía dos familias a falta de una, compraba baratijas peores que las que vendía y entre más malo era el negocio más invertía.

Unos años después, desde la ventana del bus en el que iba vio el cruce de caminos, el diablo seguía ahí pateando piedras. Un talento desperdiciado pensó al ver su reflejo en la ventana. Esa noche murió envenenado por intentar acostarse con la esposa del dueño de un bar en el que estuvo bebiendo hasta la madrugada. Su cuerpo lo encontraron en una zanja, le robaron el reloj, la ropa y el poco dinero que llevaba. No lo lloraron ni sus 2 esposas, ni sus 5 hijas. Su guitarra, solo con tres cuerdas, sigue guardada en un closet de un hotel de mala muerte.